Una mañana en Gràcia pedí café en catalán, respondí dudas en castellano y despedí con un alegre “adeu”. La barista sonrió, luego mencionó a su primo de Donostia y acabamos hablando de euskera. Ese pequeño baile lingüístico inspiró mi regla para emails: abrir con la lengua del cliente, validar su identidad, y proponer trabajar multilingüe sin forzar nada.
Descubrí que un presupuesto enviado en catalán o euskera, con versiones espejo en castellano e inglés, comunica respeto y profesionalidad, evitando dudas sobre alcance y derechos. En un proyecto cultural, ese gesto eliminó objeciones de precio. La claridad lingüística reduce fricciones, protege tu tiempo y legitima una tarifa alineada con el valor, no solo con el esfuerzo.
Un editor llamó desde Bilbao: comencé con “Egun on” y la conversación cambió de tono. No hablo euskera con fluidez, pero preparé saludos, fórmulas de cortesía y una biografía corta en tres idiomas. La llamada terminó con una invitación a presentar la propuesta en euskera parcial y castellano. Gané el encargo, confianza y una amistad profesional duradera.
All Rights Reserved.